Por qué debemos hablar de Gramsci y Münzenberg
Antonio Gramsci: la conquista de la hegemonía cultural
¿Por qué debemos hablar hoy de Antonio Gramsci, un comunista
italiano fallecido en 1937? Porque su pensamiento ofrece algunas de las claves
más interesantes para comprender la relación entre cultura, poder y política en
las sociedades contemporáneas. Su influencia ha sido especialmente importante
en numerosas corrientes de la izquierda, que han encontrado en sus ideas
herramientas para analizar y disputar la hegemonía cultural. A su lado, aunque
desde un terreno diferente, debemos situar a Willi Münzenberg, uno de los
grandes organizadores de la propaganda comunista internacional durante el
periodo de entreguerras. Dos figuras distintas que permiten comprender cómo la
lucha política se extendió mucho más allá de la conquista inmediata del poder
estatal.
Gramsci, encarcelado por el régimen de Mussolini y autor de los Cuadernos de
la cárcel, comprendió que la estabilidad de un orden político no
podía explicarse únicamente por la fuerza ni por las relaciones económicas.
Frente a las interpretaciones más mecanicistas del marxismo, que atribuían a
las contradicciones económicas una capacidad casi automática para provocar la
caída del capitalismo, defendió que la transformación histórica dependía
también de la acción consciente, la organización política y la lucha por las
ideas.
Denominó a su pensamiento «filosofía de la praxis», subrayando que
la historia no es un mecanismo que avance inevitablemente hacia un destino
predeterminado. Las condiciones materiales importan, pero también lo hacen la
voluntad, la cultura, las instituciones y la capacidad de los grupos sociales
para organizarse y construir una interpretación compartida de la realidad.
El poder no reside únicamente en el Estado
Para comprender esta transformación del pensamiento marxista
debemos detenernos en uno de sus conceptos fundamentales: la hegemonía.
Gramsci distinguía entre la sociedad política, vinculada al
aparato estatal y a sus mecanismos de coerción, y la sociedad civil, integrada
por instituciones, asociaciones y espacios culturales en los que se forman y
difunden las concepciones del mundo. Escuelas, universidades, iglesias, medios
de comunicación, editoriales, sindicatos y partidos participan, de maneras
diferentes, en la formación de las ideas y los valores de una sociedad.
El Estado, entendido en su sentido integral, no se limita por tanto
al Gobierno, la policía, el ejército o la burocracia. Comprende también un
entramado de relaciones e instituciones a través del cual se organiza la vida
social y se reproduce, o se disputa, un determinado orden político.
La hegemonía es la capacidad de un grupo social para ejercer una
dirección intelectual y moral sobre el conjunto de la sociedad, haciendo que su
concepción del mundo llegue a ser aceptada por sectores mucho más amplios que
aquellos que representan directamente sus intereses.
Aquí reside una de las aportaciones más relevantes de Gramsci: una
clase dirigente no se sostiene únicamente mediante la dominación de sus
adversarios, sino también mediante la dirección de sus aliados y la obtención
de un consentimiento social suficientemente amplio.
La hegemonía no equivale necesariamente a la manipulación. También
puede construirse mediante la persuasión, la educación y el debate. Sin
embargo, su análisis permite comprender por qué la lucha por el poder incluye
una dimensión cultural decisiva: quien consigue que su interpretación de la
realidad sea ampliamente aceptada dispone de una ventaja política que
difícilmente puede obtenerse mediante la coerción por sí sola.
La batalla por el sentido común
El terreno decisivo de esa lucha es el sentido común.
Gramsci comprendió que las ideas dominantes no triunfan únicamente
cuando una sociedad acepta una doctrina filosófica o política elaborada. Su
influencia se vuelve mucho más profunda cuando penetra en el lenguaje
cotidiano, las costumbres, la educación, la moral y las categorías con las que
las personas interpretan el mundo.
Cuando una determinada visión de la realidad llega a percibirse
como natural, evidente o indiscutible, deja de ser reconocida fácilmente como
una interpretación ideológica entre otras posibles. Se convierte en el marco
desde el que se juzgan las demás.
Por eso la cultura no constituye un terreno secundario de la
política. Es uno de los espacios donde se forman las convicciones, se delimitan
los problemas considerados relevantes y se establecen los criterios con los que
una sociedad distingue entre lo aceptable y lo inaceptable.
Esta perspectiva permite analizar fenómenos contemporáneos como la
influencia de los medios de comunicación, las redes sociales, el sistema
educativo y las industrias culturales en la formación de la opinión pública.
Pero conviene recordar que esos espacios no transmiten una única visión del
mundo: también son lugares de conflicto, resistencia y pluralidad.
La cuestión fundamental es quién consigue definir los términos del
debate, qué ideas adquieren legitimidad y cuáles quedan relegadas a los
márgenes.
La guerra de posiciones
Gramsci denominó «guerra de posiciones» a la estrategia que
consideraba necesaria en las sociedades occidentales, donde la densidad de la
sociedad civil dificultaba una transformación política mediante un asalto
frontal al poder.
Frente a la guerra de movimientos, asociada a la ofensiva directa
y a la conquista inmediata del Estado, la guerra de posiciones exigía una lucha
prolongada en el terreno político, cultural e ideológico.
La transformación de una sociedad no podía depender únicamente de
una crisis económica, una insurrección o una victoria electoral. Requería
construir previamente alianzas, organizar fuerzas sociales, disputar instituciones
y desarrollar una visión del mundo capaz de obtener adhesiones más allá de la
propia base militante.
La idea era que un grupo social debía adquirir capacidad de
dirección antes de aspirar a ejercer plenamente el poder político.
Esta concepción ha tenido una influencia considerable en el
pensamiento político posterior. Numerosos movimientos han comprendido que las
elecciones son solo una parte de la lucha por el poder y que la capacidad de
definir los valores, el lenguaje y las prioridades de una sociedad puede
condicionar decisivamente los resultados políticos.
No toda estrategia de influencia cultural deriva directamente de
Gramsci, ni toda disputa institucional responde a un proyecto revolucionario.
Pero sus categorías siguen ofreciendo una herramienta útil para analizar cómo
se construye y se transforma la legitimidad de un orden social.
Los intelectuales orgánicos y el partido como Príncipe moderno
Para desarrollar esa estrategia, Gramsci concedió una importancia
extraordinaria a los intelectuales.
Los denominados intelectuales orgánicos no eran simplemente
eruditos o pensadores aislados, sino personas capaces de organizar, articular y
difundir la visión del mundo de un grupo social. Su función consistía en
proporcionar coherencia a sus intereses, formar cuadros, elaborar ideas y
convertir aspiraciones dispersas en un proyecto colectivo.
Junto a ellos situó a los intelectuales tradicionales, vinculados
a profesiones e instituciones como la enseñanza, el derecho, la religión o el
periodismo, cuya posición social y cuya influencia cultural podían contribuir a
reproducir una hegemonía existente o a transformarla.
La lucha política implicaba, por tanto, disputar no solo el
control de las instituciones, sino también la orientación intelectual y moral
de quienes contribuían a dar forma a la sociedad.
El instrumento central de esa tarea era el partido, al que Gramsci
denominó el «Príncipe moderno», recuperando la figura de Maquiavelo. El partido
debía actuar como organizador colectivo de la voluntad política, formar
dirigentes, establecer alianzas y articular un nuevo bloque histórico: una
combinación relativamente estable de fuerzas sociales, intereses económicos,
instituciones e ideas.
Su misión no consistía exclusivamente en conquistar el Gobierno.
Debía contribuir a crear las condiciones sociales y culturales que hicieran
posible la consolidación de un nuevo orden.
Crisis orgánica, cesarismo y revolución pasiva
Gramsci desarrolló asimismo conceptos que siguen siendo útiles
para examinar las crisis políticas.
La crisis orgánica aparece cuando una clase dirigente pierde la
capacidad de mantener su liderazgo moral e intelectual, aunque conserve
formalmente el poder. Las instituciones siguen funcionando, pero una parte
creciente de la sociedad deja de reconocer en ellas una representación legítima
de sus aspiraciones.
En esas circunstancias pueden abrirse oportunidades para nuevas
fuerzas políticas, pero también para el cesarismo: la aparición de una figura o
fuerza que interviene en un conflicto entre bloques sociales incapaces de
imponerse de manera estable. Su resultado no es necesariamente progresista ni
reaccionario; depende de las circunstancias históricas concretas.
La revolución pasiva, por su parte, describe procesos de
transformación dirigidos desde arriba, mediante reformas y mecanismos de
adaptación que permiten a las élites incorporar determinadas demandas sociales
sin que se produzca una ruptura profunda del orden existente.
Ambas categorías ayudan a comprender por qué las crisis no
conducen automáticamente a una transformación determinada y por qué los grupos
que aspiran al poder deben interpretar las circunstancias, construir alianzas y
aprovechar las oportunidades políticas.
La conocida máxima «pesimismo de la inteligencia, optimismo de la
voluntad» resume bien esta actitud: analizar la realidad sin ilusiones, sin
confiar en un desenlace histórico inevitable, y actuar pese a las dificultades.
Ese es, probablemente, uno de los motivos de la vigencia de
Gramsci: su insistencia en que la política es también una lucha por la
interpretación de la realidad y por la construcción de una voluntad colectiva.
Willi Münzenberg: la organización de la propaganda
Si Gramsci proporciona herramientas para comprender la dimensión
cultural de la lucha por el poder, Willi Münzenberg representa otra faceta: la
organización práctica de redes de propaganda, publicaciones y movilización
internacional.
Münzenberg fue una figura destacada del comunismo europeo de
entreguerras y un importante organizador de campañas vinculadas a la
Internacional Comunista. Su habilidad consistió en desarrollar iniciativas
capaces de atraer a intelectuales, artistas, periodistas y ciudadanos que no
necesariamente pertenecían al Partido Comunista, pero que podían coincidir con
algunas de sus campañas.
Comprendió que la difusión de una ideología no tenía por qué
depender exclusivamente de la propaganda oficial de un partido. Podía resultar
más eficaz movilizar a personas y organizaciones que gozaran de credibilidad
propia, compartieran determinadas causas o estuvieran dispuestas a colaborar en
acciones concretas.
Su trabajo se extendió a periódicos, revistas ilustradas,
editoriales, producciones cinematográficas y organizaciones de solidaridad. A
través de estas redes, las ideas y los objetivos políticos del comunismo podían
llegar a públicos mucho más amplios que los formados por sus militantes.
El llamado Münzenberg Trust se convirtió en una expresión de esa
capacidad de organización. No fue simplemente una empresa mediática, sino un
entramado de iniciativas editoriales, culturales y políticas que contribuyó a
proyectar la influencia comunista internacional durante aquellos años.
Münzenberg rompió posteriormente con Stalin, en el contexto de las
profundas tensiones provocadas por el pacto germano-soviético de 1939, y murió
en Francia en 1940, en circunstancias cuya reconstrucción histórica ha sido
objeto de controversia.
Su trayectoria permite estudiar una cuestión que sigue siendo
fundamental: cómo una organización política puede ampliar su influencia mediante
redes de colaboración que trascienden sus estructuras formales.
1. Los compañeros de viaje y los intelectuales
Münzenberg comprendió que una causa política podía adquirir mayor
legitimidad cuando encontraba apoyo entre personas reconocidas por su prestigio
intelectual, artístico o moral.
Los llamados compañeros de viaje no constituían un grupo
homogéneo. Algunos mantuvieron vínculos estrechos con el comunismo; otros
colaboraron en campañas concretas por convicciones antifascistas, humanitarias
o pacifistas, sin compartir necesariamente todos los objetivos de la Unión
Soviética.
Esta diversidad era precisamente una de las características de
aquellas redes: permitía reunir bajo determinadas causas a personas con
motivaciones diferentes.
La estrategia planteaba una ventaja evidente para el movimiento
comunista. Una iniciativa presentada a través de escritores, artistas,
científicos o defensores de los derechos humanos podía alcanzar una
credibilidad y una difusión que difícilmente habría obtenido mediante un
comunicado oficial del Kremlin.
La lección organizativa es clara: la influencia política no
depende únicamente de lo que una organización dice de sí misma, sino también de
quién transmite sus mensajes y de la confianza que esas personas inspiran.
En nuestros días, las redes sociales, el marketing de influencia y
la comunicación política ofrecen numerosos ejemplos de cómo las figuras
públicas pueden contribuir a legitimar determinadas causas.
La estrategia de los compañeros de viaje consistía en ampliar la
influencia de una organización política más allá de sus propios militantes,
apoyándose en el prestigio y la credibilidad de intelectuales y figuras
públicas como Romain Rolland o Ernest Hemingway, entre muchos otros. Estas
personalidades podían compartir determinadas causas sin pertenecer al partido.
La cuestión no era necesariamente convertirlas en comunistas, sino conseguir
que su autoridad contribuyera a legitimar iniciativas que servían a objetivos
políticos más amplios.
2. Las organizaciones de fachada y las redes de solidaridad
Otro de los rasgos de la actividad de Münzenberg fue la creación y
coordinación de organizaciones que reunían a personas ajenas a la militancia
comunista en torno a campañas políticas, antifascistas o humanitarias.
Estas iniciativas podían atraer a ciudadanos movidos por
convicciones sinceras, que encontraban en ellas una vía de participación en
causas que consideraban justas. Al mismo tiempo, su vinculación con redes
comunistas planteaba interrogantes sobre la autonomía efectiva de las
organizaciones, la transparencia de su financiación y el grado de conocimiento
que sus participantes tenían de sus conexiones políticas.
Conviene distinguir entre las organizaciones abiertas que
expresaban posiciones políticas legítimas y aquellas cuya dependencia o
dirección se ocultaba deliberadamente. La participación en una causa compartida
no convierte automáticamente a nadie en instrumento de una conspiración.
Precisamente ahí reside la eficacia de estas estrategias: en aprovechar convicciones
auténticas, aspiraciones legítimas y la credibilidad de personas
bienintencionadas para impulsar objetivos políticos que pueden ir mucho más
allá de los que esas personas creen estar respaldando. La manipulación resulta
especialmente eficaz cuando quienes contribuyen a una operación de influencia
no perciben la dimensión política del mecanismo en el que participan.
Pero cuando una organización oculta quién la dirige, quién la
financia o qué intereses pretende favorecer, la movilización ciudadana puede
convertirse en un mecanismo de influencia encubierta.
En la actualidad, conceptos como astroturfing describen
la creación artificial de una apariencia de apoyo popular espontáneo. También
existen organizaciones formalmente no gubernamentales cuya actividad está
estrechamente controlada por gobiernos, conocidas habitualmente como GONGO.
El fenómeno exige distinguir entre la participación ciudadana
legítima y la instrumentalización política encubierta. Pero esa distinción no
debe servir para ignorar una realidad histórica: las organizaciones de
influencia pueden ampliar extraordinariamente el alcance de una estrategia
política cuando consiguen movilizar a personas y colectivos que no se
identifican necesariamente con sus promotores.
3. La lucha por el lenguaje y la legitimidad moral
La propaganda política no consiste únicamente en transmitir
información. También implica seleccionar los problemas, establecer prioridades
y construir marcos interpretativos que orientan la percepción de los
acontecimientos.
En el entorno de Münzenberg, la movilización antifascista permitió
reunir a personas de procedencias muy diferentes bajo una causa de enorme
fuerza moral. El antifascismo respondía a una amenaza histórica real y a la
oposición legítima a los regímenes totalitarios. Al mismo tiempo, las
organizaciones comunistas podían utilizar ese amplio consenso para favorecer
sus propios objetivos políticos y presentar sus iniciativas como expresión de
intereses universales.
Esta tensión entre una causa legítima y su posible
instrumentalización constituye uno de los problemas centrales de la propaganda.
La lucha por el lenguaje sigue siendo relevante en las democracias
contemporáneas. Las etiquetas políticas pueden describir fenómenos reales, pero
también pueden utilizarse para sustituir la discusión de los argumentos por la
descalificación de quienes los plantean.
Cuando una crítica concreta se responde únicamente acusando al
interlocutor de fascista, reaccionario, tránsfobo, negacionista o agente de
intereses extranjeros, el debate corre el riesgo de abandonar el examen de los
hechos para convertirse en una disputa por la legitimidad moral.
Naturalmente, algunas de estas acusaciones pueden estar
justificadas en casos concretos. Lo problemático es emplearlas como etiquetas
automáticas que evitan la obligación de argumentar.
La pregunta relevante no es qué ideología utiliza una determinada
palabra, sino si su empleo sirve para esclarecer una cuestión o para impedir
que pueda discutirse.
En las democracias occidentales contemporáneas, determinadas
fundaciones, redes de financiación y organizaciones transnacionales contribuyen
a articular movimientos sociales, conectar colectivos de distintos países y
difundir marcos ideológicos comunes. Estas estructuras pueden trascender las fronteras
nacionales y las propias organizaciones partidistas, ampliando el alcance de
estrategias de transformación cultural y social. Cuando, además, existen
vínculos, intereses o mecanismos de dirección que se ocultan deliberadamente,
resulta pertinente examinar estas prácticas a la luz de las redes de influencia
estudiadas en la experiencia de Münzenberg. La cuestión es determinar cómo se
reproducen y adaptan estos métodos en distintos países y hasta qué punto
contribuyen a construir una hegemonía cultural favorable a determinados
proyectos políticos.
4. Propaganda, información y construcción de relatos
Münzenberg y su entorno también comprendieron el potencial de las
imágenes, el periodismo y las publicaciones de gran difusión para influir en la
opinión pública.
Las revistas ilustradas y los fotomontajes satíricos, como los
asociados a John Heartfield, mostraron cómo la combinación de imágenes y
mensajes políticos podía producir relatos visuales de gran impacto. La
propaganda no necesitaba limitarse a explicar una doctrina: podía convertirla
en una experiencia emocional inmediata.
Uno de los episodios más significativos fue la publicación, en
1933, del Libro
Marrón sobre el incendio del Reichstag. La obra contribuyó a
difundir internacionalmente una interpretación de los acontecimientos contraria
a la narrativa promovida por los nazis y estuvo vinculada a las redes de
propaganda antifascista/comunista de Münzenberg.
El libro debe analizarse dentro de su contexto histórico y
propagandístico. Sus afirmaciones y sus procedimientos documentales requieren
un examen crítico específico; no basta con calificar globalmente su contenido
como verdadero o falso sin distinguir las pruebas, las interpretaciones y las
controversias historiográficas.
Precisamente ahí reside una lección fundamental: la propaganda
puede servirse de hechos auténticos, interpretaciones interesadas y recursos
emocionales para construir un relato orientado a un objetivo político. Por
ello, la existencia de datos verdaderos en una publicación no garantiza la
imparcialidad del conjunto, del mismo modo que una interpretación sesgada no
demuestra que todos sus elementos sean falsos.
En la actualidad, la velocidad de difusión de los mensajes, los
algoritmos de recomendación, las campañas coordinadas en redes sociales y las
tecnologías de manipulación audiovisual han multiplicado las posibilidades de
distorsionar la percepción pública. Las noticias falsas, los montajes y los deepfakes
plantean problemas específicos que no existían en la misma forma en los años
treinta, aunque algunas de sus funciones propagandísticas tengan precedentes
históricos.
La comparación resulta útil si nos ayuda a reconocer mecanismos
recurrentes, pero sería engañoso presentar las tecnologías actuales como una
simple continuación de las técnicas de Münzenberg. Las herramientas, las
escalas y los sistemas de difusión han cambiado radicalmente, pero persiste una
finalidad esencial: influir en la percepción de la realidad, orientar la
opinión pública y conseguir que determinados relatos favorezcan los objetivos
de quienes los promueven.
El desafío permanece: distinguir entre información,
interpretación, persuasión legítima y manipulación deliberada.
El legado: la batalla por las ideas y la percepción de la realidad
Gramsci y Münzenberg no elaboraron una teoría conjunta ni
representan dos caras idénticas de un mismo proyecto. Sus trayectorias fueron
diferentes, sus preocupaciones no coincidieron plenamente y la influencia
posterior de sus ideas ha seguido caminos diversos.
Sin embargo, estudiarlos conjuntamente permite comprender dos
dimensiones complementarias de la política moderna.
Gramsci analizó cómo se construye la hegemonía cultural, cómo
determinadas ideas llegan a formar parte del sentido común y cómo un proyecto
político puede preparar las condiciones culturales de su propia expansión.
Münzenberg mostró la importancia de organizar redes de
comunicación, movilizar simpatías, coordinar campañas y aprovechar la
credibilidad de personas y organizaciones que trascendían las estructuras
oficiales de un partido.
Gramsci permite comprender la dimensión estratégica de la
conquista de la hegemonía cultural; Münzenberg, la importancia de las redes
organizativas y de la propaganda para ampliar la influencia política. Sus
trayectorias no constituyen una teoría única, pero su estudio conjunto ofrece
una perspectiva especialmente útil para examinar cómo determinados movimientos
políticos intentan transformar la cultura, el lenguaje y la opinión pública en
instrumentos de su proyecto de poder.
No sería riguroso atribuir
a Gramsci y Münzenberg todos los fenómenos contemporáneos de polarización,
propaganda o desinformación, ni dar por demostrada una continuidad directa
entre sus métodos y las prácticas actuales. Pero tampoco tendría sentido
ignorar la influencia que sus ideas y experiencias han ejercido sobre la
historia política del siglo XX, ni renunciar a examinar cómo determinados
mecanismos de construcción de hegemonía e influencia organizada reaparecen, con
distintas formas y objetivos, en las democracias contemporáneas.
La lección trasciende, además, a una ideología concreta. Cualquier
movimiento político puede intentar definir el lenguaje del debate, construir
alianzas culturales, movilizar figuras públicas o presentar sus intereses
particulares como expresión del bien común. La cuestión es qué métodos utiliza,
hasta qué punto actúa con transparencia y si está dispuesto a someter sus
afirmaciones al examen crítico.
Por eso debemos hablar de Gramsci y de Münzenberg: no para
encontrar en ellos una explicación universal de nuestro presente, sino para
comprender que el poder no se disputa únicamente en los parlamentos, las urnas
o las instituciones del Estado.
También se disputa en las ideas que una sociedad considera
aceptables, en las palabras con las que interpreta la realidad y en los relatos
que determinan qué causas merecen su adhesión.
Antes de conquistar
el poder político, un movimiento puede necesitar conquistar la legitimidad de
sus ideas. Y cuando una sociedad deja de distinguir entre una causa justa y la
propaganda que pretende representarla, corre el riesgo de renunciar precisamente
a la capacidad crítica que hace posible una ciudadanía libre.

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