UNA VISIÓN DEL KARATE A TRAVÉS DEL KATA


 1. LOS KATAS: MEMORIA Y TRANSMISIÓN DEL ARTE

El Gran Maestro Gichin Funakoshi afirmó: «El kata es el alma del karate». Más allá de la literalidad de esta conocida expresión, resume perfectamente la importancia que el fundador del Shotokan concedía a las formas dentro del Karate-Dō. Para Funakoshi, el kata no constituía un simple ejercicio destinado a perfeccionar determinados movimientos, sino uno de los principales vehículos mediante los cuales se conservaban, estudiaban y transmitían los principios del arte.

La tradición atribuida a Funakoshi de Hito Kata Sanen, «tres años para un kata», expresa precisamente esta concepción: el aprendizaje profundo de una forma exige tiempo, repetición, paciencia y una dedicación que va mucho más allá de memorizar una secuencia de movimientos.

Los katas que practicamos actualmente son el resultado de un largo proceso histórico de transmisión, transformación y perfeccionamiento. No debemos entenderlos, por tanto, como creaciones estáticas surgidas de un momento determinado, sino como el resultado de generaciones de practicantes que conservaron determinadas formas, modificaron otras y adaptaron su práctica a diferentes maestros, escuelas, épocas y contextos culturales.

El kata constituye así una extraordinaria forma de memoria corporal. Allí donde una tradición marcial no siempre dejó tratados escritos, la forma pudo conservar principios técnicos, estrategias, desplazamientos, métodos de respiración y maneras de utilizar el cuerpo que fueron transmitidos de maestro a discípulo. Por esta razón, estudiar el origen del kata significa estudiar también la historia del propio arte.

2. ANTECEDENTES: LA FORMA COMO MEMORIA DEL MOVIMIENTO

Antes de intentar establecer un origen concreto para los katas del karate, debemos hacer una distinción fundamental. La existencia de secuencias codificadas de movimientos para entrenamiento, ritual o preparación para el combate es muy anterior al karate y aparece, con diferentes características, en numerosas culturas. Existen ejemplos históricos de danzas guerreras y ejercicios ritualizados en el mundo antiguo. Entre ellos podemos mencionar determinadas prácticas militares del antiguo Egipto y, en el mundo griego, la danza pírrica (pyrrhichē), vinculada a la preparación y representación del combate.

Estos ejemplos no permiten afirmar que los katas del karate procedan directamente de las danzas de la India, de Egipto o de Grecia. Sería históricamente incorrecto establecer una línea de filiación directa entre fenómenos culturales separados por enormes distancias geográficas y temporales.

Sin embargo, sí permiten observar un fenómeno mucho más amplio: el ser humano ha utilizado desde la Antigüedad secuencias estructuradas de movimiento como instrumento de entrenamiento, memoria, disciplina corporal, representación ritual y preparación para la confrontación.

Desde esta perspectiva, la existencia del kata no resulta extraña. Una secuencia codificada permite conservar un conocimiento corporal y transmitirlo a otra persona sin necesidad de reproducir constantemente una situación real de combate. La forma se convierte así en una especie de lenguaje corporal. No debemos buscar, por tanto, el «primer kata» de la historia como si se tratara de una creación perfectamente identificable. Lo que encontramos es una evolución progresiva de métodos mediante los cuales determinadas experiencias relacionadas con el movimiento y el combate fueron organizándose, codificándose y transmitiéndose.

3. CHINA Y EL DESARROLLO DE LAS FORMAS MARCIALES

China desempeñó un papel fundamental en la formación de las tradiciones marciales que posteriormente influirían en Okinawa. Sin embargo, también aquí debemos evitar simplificaciones.

Las artes marciales chinas constituyen un universo extraordinariamente diverso, desarrollado a lo largo de siglos y bajo influencias religiosas, militares, sociales y culturales diferentes. Tampoco puede identificarse la historia de las artes marciales chinas con la historia del monasterio Shaolin.

El monasterio de Shaolin posee una importante historia marcial documentada, especialmente desde la época de la dinastía Tang, pero la investigación histórica moderna ha demostrado que su historia no coincide con la evolución general de las artes marciales chinas. Las tradiciones marciales chinas son mucho más amplias y tienen orígenes y desarrollos diversos.

La figura de Bodhidharma ocupa un lugar fundamental en la tradición posterior que relaciona el budismo Chan con Shaolin. Sin embargo, la conocida afirmación de que Bodhidharma enseñó artes marciales a los monjes y que de sus enseñanzas nació el kung-fu de Shaolin pertenece más al ámbito de la tradición y de la construcción posterior del relato marcial que al de una historia demostrada documentalmente.

Esta distinción entre historia y tradición no disminuye en absoluto la importancia cultural de Bodhidharma. Al contrario, nos permite comprender cómo las artes marciales fueron adquiriendo progresivamente una dimensión espiritual y filosófica que posteriormente tendría una enorme influencia en la concepción japonesa del Budō.

4. DE CHINA A LAS ISLAS RYŪKYŪ: KUME-MURA Y LAS TREINTA Y SEIS FAMILIAS

Para comprender la influencia china en la formación de las artes marciales de Okinawa no debemos limitarnos a las relaciones comerciales entre China y el reino de Ryūkyū. Estas relaciones fueron, sin duda, fundamentales, pero existió además un fenómeno de extraordinaria importancia: el establecimiento permanente en Okinawa de una comunidad china procedente principalmente de la provincia de Fujian.

En torno a 1392, durante el reinado del rey Satto de Chūzan, un grupo de inmigrantes chinos se estableció en Kume-mura, en las proximidades de Naha. La tradición histórica conoce a este grupo como las Treinta y Seis Familias de Kume (Kume Sanjūroku Sei). La denominación no debe interpretarse necesariamente como el número exacto de familias que llegaron en un único momento, pues la expresión parece haber adquirido también un sentido colectivo para designar a una comunidad de origen chino asentada en Ryūkyū.

La importancia de esta comunidad fue mucho mayor que la de un simple asentamiento de comerciantes. Kume-mura se convirtió progresivamente en un importante centro de cultura china dentro del reino de Ryūkyū. Sus habitantes desempeñaron funciones como intérpretes, funcionarios, diplomáticos, navegantes, artesanos y especialistas en diferentes ámbitos del conocimiento. Desde allí se produjo una transmisión continuada de lengua, escritura, conocimientos administrativos, pensamiento, cultura y diferentes técnicas procedentes de China.

Desde la perspectiva de las artes marciales, esta circunstancia adquiere una importancia especial. Aunque no disponemos de documentación suficiente para afirmar que las Treinta y Seis Familias introdujeran directamente el sistema del que posteriormente surgiría el karate, su establecimiento creó un canal permanente de contacto humano y cultural entre las tradiciones chinas y las de Ryūkyū. La diferencia es fundamental. No se trataba ya únicamente de que comerciantes chinos llegaran temporalmente a Okinawa, ni de que delegaciones diplomáticas visitaran el reino. Existía ahora una comunidad china establecida de manera permanente en territorio ryūkyūense, cuyos miembros y descendientes mantenían vínculos culturales con China a lo largo de generaciones.

Por ello, Kume-mura debe considerarse uno de los escenarios fundamentales para comprender la transferencia de conocimientos chinos hacia Ryūkyū, incluidos los relacionados con las artes de combate.

El propio término con el que durante siglos se denominó al arte marcial de Okinawa, Tōde o Tōdi, «mano de China», constituye además un testimonio de la importancia que la influencia china adquirió en la memoria histórica del arte.

Debemos, sin embargo, evitar convertir esta influencia en una relación de causa y efecto demasiado sencilla. El karate no nació simplemente de una «importación» china. Se desarrolló mediante la interacción entre conocimientos procedentes de China y las tradiciones locales de combate de las islas Ryūkyū. El resultado fue una tradición nueva, específicamente okinawense, que posteriormente continuaría transformándose al llegar a Japón.

El origen del karate debe entenderse, por tanto, como un proceso de mestizaje marcial y cultural, y Kume-mura constituye uno de los puntos fundamentales de ese proceso

Con el paso del tiempo, estas tradiciones adquirieron características diferentes según los lugares donde fueron practicadas y transmitidas. De esta manera encontramos tres denominaciones fundamentales:

  • Shuri-te, asociado a Shuri;
  • Tomari-te, asociado a Tomari;
  • Naha-te, asociado a Naha.

No debemos imaginar estas tres tradiciones como tres estilos perfectamente delimitados desde su nacimiento. Sus fronteras fueron mucho más permeables y estuvieron sometidas a la transmisión entre maestros y a la evolución técnica de cada época. Con el tiempo, de estas tradiciones surgieron diferentes escuelas y estilos que constituyen las raíces de gran parte del karate moderno.

5. EL KATA COMO HUELLA DE UNA TRANSMISIÓN

Una de las características más fascinantes del kata es precisamente que permite observar esta historia de transmisión. Los diferentes katas no constituyen un repertorio homogéneo creado por un único fundador. Muchos de ellos poseen nombres, estructuras y características que permiten relacionarlos con diferentes tradiciones y líneas de transmisión. Entre los ejemplos más conocidos encontramos Kūsankū (Kankū Dai en Shotokan), Passai (Bassai), Wanshū (Empi), Rōhai (Meikyō), Sēsan (Hangetsu), Sanchin o Seipai. Las diferentes escuelas conservaron estos katas, pero también los modificaron. Un mismo kata puede presentar diferencias significativas según la escuela y la línea de transmisión.

Esto constituye una prueba de algo fundamental: el kata no es una pieza arqueológica congelada en el tiempo. Es una tradición viva.

Cada generación recibe una forma y, al practicarla, la interpreta desde su propio cuerpo, su propio conocimiento y su propio contexto histórico. Puede conservar determinados elementos, modificar otros y transmitirlos posteriormente a una nueva generación. De este modo, el kata es simultáneamente tradición y transformación.

6. SHURI-TE, TOMARI-TE Y NAHA-TE

Las diferencias entre Shuri-te, Tomari-te y Naha-te han tenido una importancia fundamental en la evolución posterior del karate.

De manera general, las tradiciones vinculadas a Shuri y Tomari dieron lugar a lo que posteriormente se identificaría con la tradición Shōrin, mientras que Naha desempeñó un papel esencial en el desarrollo de la tradición Shōrei y, posteriormente, de escuelas como Gōjū-ryū y Uechi-ryū.

Sin embargo, estas denominaciones deben manejarse con cierta prudencia. Las categorías Shōrin y Shōrei fueron utilizadas en diferentes momentos históricos y no deben interpretarse como si desde el principio hubieran existido dos estilos perfectamente definidos.

Las diferencias técnicas que observamos en los distintos katas —ritmo, desplazamiento, amplitud de las posiciones, utilización de la respiración, tensión y relajación muscular, distancia de combate o utilización de determinadas técnicas— son el resultado de procesos históricos complejos y de la evolución de las distintas líneas de transmisión.

En este sentido, resulta especialmente interesante observar el desarrollo de los katas procedentes de Naha. Sanchin, por ejemplo, pone un énfasis extraordinario en la respiración, la tensión dinámica, la estructura corporal y la conexión entre mente y cuerpo.

Los katas asociados a las tradiciones de Shuri y Tomari muestran, en términos generales, otras características relacionadas con la movilidad, la velocidad y la utilización de desplazamientos más dinámicos.

Pero estas diferencias no deben convertirse en categorías rígidas. La historia del karate está llena de intercambios, influencias y reinterpretaciones.

7. EL NACIMIENTO DEL KARATE MODERNO

Durante los siglos XIX y XX se produjo una transformación decisiva. El antiguo arte de Okinawa comenzó a sistematizarse y a enseñarse de una manera diferente. Maestros como Sōkon Matsumura, Ankō Itosu, Anko Azato,  Kanryō Higaonna y posteriormente Chōjun Miyagi, Kenwa Mabuni, Gichin Funakoshi y otros desempeñaron un papel fundamental en este proceso.

Especialmente importante fue la labor de Ankō Itosu, que contribuyó decisivamente a la introducción del karate en el sistema educativo de Okinawa y a su sistematización pedagógica. En este proceso los katas experimentaron también transformaciones.

Un ejemplo extraordinariamente importante es la creación y sistematización de los Pinan, posteriormente conocidos en japonés como Heian. La finalidad pedagógica era facilitar la enseñanza del karate a un número mucho mayor de alumnos.

Esto nos muestra nuevamente que el kata no es una realidad inmóvil. La forma puede modificarse cuando cambia la finalidad pedagógica del arte.

Posteriormente, con la introducción del karate en Japón, se produjo una nueva transformación. Gichin Funakoshi desempeñó un papel esencial en este proceso y su enseñanza contribuyó decisivamente a convertir el antiguo karate de Okinawa en una disciplina que se integraría progresivamente en el universo japonés del Budō.

El karate que conocemos hoy es, por tanto, el resultado de múltiples capas históricas: tradiciones autóctonas de Ryūkyū + influencias chinas + evolución okinawense + sistematización moderna + transformación japonesa.

8. EL KATA EN EL KARATE-DO DE FUNAKOSHI

Para Gichin Funakoshi, el kata ocupaba un lugar central. Esto no significa que Funakoshi despreciara el combate. Todo lo contrario: entendía que el kumite constituía una forma de poner a prueba y aplicar los principios estudiados mediante el kata.

El problema aparecía cuando el combate se convertía en el objetivo principal y el practicante comenzaba a entrenar para vencer en el enfrentamiento olvidando los principios que sustentan el arte. Esta concepción explica por qué el kata ocupa una posición tan importante en la tradición de Funakoshi. El kata contiene la técnica, pero también contiene el principio.

El practicante que solamente memoriza la secuencia conoce la superficie del kata. El que estudia su bunkai comienza a descubrir su dimensión marcial. Y el que profundiza todavía más comienza a comprender que detrás de cada movimiento existe un principio corporal, estratégico y mental.

Por eso, conocer un kata no significa simplemente saber ejecutarlo. Conocer un kata significa empezar a comprenderlo.

9. KATA, BUNKAI Y SETSUMEI: DE LA FORMA A SU COMPRENSIÓN

El kata contiene las técnicas y los principios del arte, pero su conocimiento no puede limitarse a memorizar la secuencia de movimientos. Para profundizar en su significado es necesario recurrir al estudio del bunkai (分解), término que puede traducirse como «descomposición» o «análisis». Mediante el bunkai se estudia cada movimiento del kata tratando de descubrir su posible aplicación marcial. Sin embargo, existe otro elemento que considero igualmente importante: la explicación de aquello que estamos analizando. En japonés podemos utilizar el término setsumei (説明), que significa precisamente «explicación», «descripción» o «aclaración». Esta distinción resulta interesante porque una aplicación física no implica necesariamente que hayamos comprendido el principio que contiene el movimiento. Podemos realizar un bunkai correctamente desde el punto de vista mecánico y, sin embargo, desconocer por qué el movimiento se ejecuta de una determinada manera. El setsumei aporta precisamente esa dimensión explicativa. El maestro no se limita a mostrar al alumno qué debe hacer; explica qué está sucediendo, qué principio permite que la técnica funcione, qué relación existe entre distancia, ángulo, equilibrio, desplazamiento, respiración, tensión y relajación, y por qué un determinado movimiento aparece dentro del kata. De esta manera, el estudio del kata puede avanzar desde tres niveles diferentes: la forma, la aplicación y la comprensión. La forma nos muestra qué hacemos. El bunkai nos permite investigar cómo puede utilizarse. El setsumei nos ayuda a comprender por qué se hace de esa manera. Esta última pregunta es fundamental.

Un karateka puede conocer perfectamente la secuencia de un kata y ser capaz de reproducir sus movimientos sin haber comprendido todavía su contenido marcial. Del mismo modo, puede conocer determinadas aplicaciones sin haber descubierto el principio que permite adaptarlas a circunstancias diferentes. El objetivo último del estudio no consiste, por tanto, en acumular aplicaciones. Consiste en descubrir los principios. Cuando comprendemos el principio, dejamos de depender de una única aplicación y podemos adaptar nuestro conocimiento a situaciones diferentes. Por ello, el bunkai no debería entenderse como una simple demostración de «qué significa cada movimiento». El kata no es un diccionario en el que cada movimiento posee necesariamente una única traducción. Es más apropiado considerarlo como un sistema de principios que puede generar diferentes aplicaciones dependiendo de la situación. Así, el estudio profundo del kata nos conduce desde la forma externa hacia el conocimiento interno. Primero aprendemos el movimiento. Después descubrimos su posible aplicación. Finalmente intentamos comprender el principio que se encuentra detrás de él. Y es precisamente en ese momento cuando el kata deja de ser una secuencia de movimientos para convertirse en conocimiento marcial

10. EL KATA COMO MEMORIA CORPORAL

Un kata puede ser contemplado como un verdadero archivo corporal. En él han quedado depositadas experiencias acumuladas por generaciones de practicantes. Cuando ejecutamos una técnica de un kata estamos repitiendo, en cierto sentido, una pregunta que otros maestros formularon antes que nosotros: ¿cómo puedo utilizar mi cuerpo ante esta situación?

La respuesta ha quedado codificada en la forma. Por eso un kata puede ser considerado una forma de transmisión de conocimiento entre generaciones.

El maestro transmite al alumno algo que él mismo recibió de su maestro, pero el alumno no recibe únicamente una serie de movimientos. Recibe una estructura dentro de la cual puede investigar. El kata es, por tanto, un mapa. Pero el mapa no es el territorio. El practicante debe recorrerlo.

11. KATA Y MEDITACIÓN EN MOVIMIENTO

Esta concepción permite comprender por qué el kata puede adquirir una dimensión contemplativa. Cuando la práctica alcanza cierto nivel, la atención deja progresivamente de concentrarse en recordar cada movimiento. El cuerpo comienza a actuar de manera integrada. La respiración, la postura, la mirada, el equilibrio, la tensión y la relajación empiezan a formar una unidad. En ese momento, el kata puede convertirse en una especie de meditación en movimiento.

No debemos entender esta expresión como si el kata fuera simplemente una forma de meditación religiosa. Se trata, más bien, de describir un estado de concentración profunda en el que desaparece progresivamente la separación entre pensamiento y movimiento. El practicante ya no «piensa» cada técnica. La ejecuta. Y precisamente ahí comienza una dimensión diferente del aprendizaje.

12. EL KATA COMO EXPRESIÓN DEL SER

El kata no debería convertirse nunca en una mera copia. En los primeros años de práctica debemos copiar. Debemos repetir exactamente aquello que nos enseña nuestro maestro. Necesitamos aprender la forma antes de pretender modificarla. Pero llega un momento en el que la forma comienza a convertirse en nosotros. Dos karatekas pueden ejecutar el mismo kata y, sin embargo, expresar realidades completamente diferentes. Uno puede ser rápido y explosivo; otro, pesado y poderoso. Uno puede poseer una enorme amplitud de movimiento; otro puede expresar una gran economía gestual. Ambos pueden estar ejecutando correctamente el mismo kata. Esto sucede porque el cuerpo del practicante también forma parte de la interpretación. Por eso considero que un kata verdaderamente maduro debe estar vivo. No debe ser una reproducción mecánica. Debe expresar al practicante. El kata comienza siendo algo que hacemos. Con el tiempo, puede llegar a convertirse en algo que somos.

13. SHU-HA-RI: DE LA IMITACIÓN A LA LIBERTAD

Este proceso puede comprenderse mediante el concepto japonés de Shu-Ha-Ri. Debemos señalar que Shu-Ha-Ri no nació específicamente en el karate. Su desarrollo está relacionado con tradiciones japonesas de transmisión artística y fue posteriormente aplicado a diferentes disciplinas, entre ellas las artes marciales. Sin embargo, su utilización para explicar el aprendizaje del Budō resulta extraordinariamente apropiada.

SHU — CONSERVAR LA FORMA

En Shu el alumno recibe. Observa al maestro y reproduce lo que ve. Repite una y otra vez las técnicas fundamentales y los katas. No intenta todavía imponer su personalidad a la forma. Debe aprenderla. Debe respetarla. Debe comprender que aquello que parece una simple repetición constituye la base sobre la que posteriormente podrá construir su libertad. En esta etapa el alumno necesita la forma porque todavía no posee el principio.

HA — ROMPER LA FORMA

En Ha comienza la transformación. El practicante ya ha interiorizado la forma y puede comenzar a comprender sus principios. Ya no necesita reproducir mecánicamente cada movimiento para que el principio funcione. Comienza a adaptar. Comienza a descubrir. Comienza a hacer suyo aquello que recibió. La forma deja de ser algo externo. Se convierte en conocimiento corporal. Es entonces cuando podemos comprender una aparente paradoja: para poder salir de la forma primero hay que haber entrado profundamente en ella.

RI — LIBERTAD

Finalmente aparece Ri. Aquí el practicante ya no depende de la forma externa. No porque la haya olvidado, sino porque la ha interiorizado completamente. La técnica puede cambiar. El movimiento puede ser diferente. La respuesta puede adaptarse a las circunstancias. Pero el principio permanece. En este nivel, el practicante ya no reproduce el arte. Expresa el arte.

14. DEL KATA AL KUMITE, DEL KUMITE AL COMBATE

Esta evolución puede resumirse en un proceso circular. Primero aprendemos la forma. Después intentamos comprenderla. Posteriormente la aplicamos. Finalmente debemos ser capaces de actuar sin depender conscientemente de ella. El kata conduce al kumite. El kumite revela nuestras carencias. Volvemos entonces al kata para profundizar. Y el ciclo comienza nuevamente. Por ello, kata y kumite no son dos realidades enfrentadas. Son dos dimensiones de una misma búsqueda. El kata proporciona el laboratorio donde estudiamos los principios. El kumite constituye el lugar donde esos principios son puestos a prueba bajo condiciones cambiantes. El combate, por su parte, nos muestra hasta qué punto hemos conseguido interiorizarlos.

15. LA VARIEDAD DE LOS KATAS Y LA RIQUEZA DEL KARATE

La extraordinaria variedad de katas existentes en las diferentes escuelas constituye una de las grandes riquezas del karate. Cada tradición ha conservado determinados katas y ha desarrollado otros. Algunos estilos poseen un repertorio reducido y profundamente especializado; otros han conservado un número mucho mayor de formas. El Shitō-ryū constituye un ejemplo particularmente interesante, pues Kenwa Mabuni estudió diferentes tradiciones de Okinawa y reunió en su escuela un repertorio extraordinariamente amplio. El Gōjū-ryū conservó y desarrolló una importante tradición procedente de Naha-te. El Shotokan transformó numerosos katas procedentes de las tradiciones de Okinawa y los adaptó a su propia concepción técnica y pedagógica. El Wadō-ryū, por su parte, incorporó a la tradición del karate de Funakoshi la experiencia previa de Hironori Ōtsuka en Shindō Yōshin-ryū jūjutsu. Por eso considero enriquecedor que un karateka de cierto nivel estudie, cuando tenga la oportunidad, katas pertenecientes a otras escuelas. No necesariamente para incorporarlos a su práctica habitual, sino para ampliar su comprensión. El conocimiento de otras formas nos permite comprender mejor aquello que tenemos delante.

16. EL KATA COMO CAMINO

Aquí llegamos, para mí, al significado más profundo del kata. El karate no debería reducirse a la adquisición de una determinada habilidad física. Tampoco debería quedar limitado a la competición. La competición puede ser una herramienta de entrenamiento, pero constituye solamente una de las posibles expresiones del karate. El Karate-Dō contiene una dimensión mucho más profunda. La palabra significa «camino». Pero un camino solamente existe cuando alguien lo recorre. El kata puede convertirse en ese camino. Al principio caminamos siguiendo las huellas de nuestros maestros. Después aprendemos a caminar con nuestros propios pies. Finalmente comprendemos que el verdadero objetivo nunca fue llegar a un lugar determinado, sino transformarnos mientras caminábamos. Por eso el kata puede ser entendido como una vía de conocimiento. Conocemos nuestro cuerpo. Conocemos nuestras limitaciones. Conocemos nuestra mente. Conocemos nuestro miedo. Conocemos nuestra impaciencia. Y, poco a poco, mediante la repetición, la disciplina y la atención, comenzamos a conocernos a nosotros mismos. El enemigo que aparece en el kata es imaginario. Pero aquello que descubrimos al enfrentarnos con él no lo es.

17. EL KATA COMO BÚSQUEDA DE LA PERFECCIÓN

Cuando el practicante alcanza cierto grado de madurez, comienza a comprender que la perfección técnica no consiste necesariamente en ejecutar movimientos cada vez más espectaculares. La verdadera perfección puede encontrarse en la economía. En la naturalidad. En la ausencia de esfuerzo innecesario. En la capacidad de ejecutar aquello que corresponde al momento preciso. El movimiento perfecto no es necesariamente el más grande. Es el que resulta necesario. De igual manera, el karateka maduro no busca únicamente vencer a otro. Busca vencer aquello que dentro de sí mismo le impide avanzar. La soberbia. La impaciencia. El miedo. La pereza. La falta de disciplina. En este sentido, el adversario más importante siempre termina siendo uno mismo.

18. CONCLUSIÓN: EL KATA ES MUCHO MÁS QUE UNA FORMA

El kata nació y evolucionó como una forma de conservar y transmitir conocimientos relacionados con el combate, pero su significado actual trasciende ampliamente esa función original. Es técnica. Es memoria. Es pedagogía. Es estrategia. Es expresión corporal. Es disciplina. Y puede llegar a ser también contemplación. Cuando estudiamos un kata estamos estudiando una tradición que ha pasado por China, por las islas Ryūkyū, por Okinawa y posteriormente por Japón, pero que continúa transformándose cada vez que un nuevo practicante la recibe. El kata, por tanto, no pertenece únicamente al pasado. Existe en el presente y se proyecta hacia el futuro. Cada maestro recibe una forma, la interpreta y la transmite. Cada alumno la recibe, la estudia y, con el tiempo, la transforma en conocimiento propio. De esta manera, la transmisión del karate no consiste simplemente en conservar los movimientos de nuestros antepasados. Consiste en conservar los principios permitiendo que permanezcan vivos. Quizá por eso el verdadero significado del kata no pueda encontrarse solamente en aquello que vemos desde fuera. El kata comienza con el movimiento del cuerpo. Continúa con la comprensión de la técnica. Después penetra en la mente. Y, finalmente, puede llegar a convertirse en una forma de conocimiento de uno mismo. El practicante comienza aprendiendo el kata. Después comprende que el kata le está enseñando a él. Y quizá, cuando alcanza cierta madurez, descubre algo todavía más profundo: que el verdadero kata nunca estuvo solamente delante de él, sino también dentro de él.

El camino comienza con la forma. Pero la finalidad última del es trascender la forma sin perder jamás su esencia.

 

REFERENCIAS

  • Funakoshi, G. Karate-Dō Kyōhan: The Master Text. Kodansha International.
  • Funakoshi, G. Karate-Dō: My Way of Life. Kodansha International.
  • Mabuni, K. y Nakasone, G. Kōbō Jizai Karate Kenpō.
  • Ohtsuka, H. Wadō-ryū Karate.
  • Shahar, M. The Shaolin Monastery: History, Religion, and the Chinese Martial Arts. University of Hawai‘i Press, 2008.
  • McCarthy, P. Classical Kata of Okinawan Karate.
  • Bishop, M. Okinawan Karate: Teachers, Styles and Secret Techniques.
  • Draeger, D. F. y Smith, R. W. Asian Fighting Arts.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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